7/3/08

Jugar con fuego

El arte es a menudo una herramienta de denuncia o, más bien, una expresión que desde la subjetividad del artista permite establecer una critica hacia cuestiones relativas al sistema en que vive. Éstas pueden darse de forma explicita, implícita, o bien puede ser un correlato del cual el autor u director no tenían idea, y corre a cargo de críticos y teóricos sustentar esta nueva lectura renovadora de la expresión artística. Siendo el cine el arte masivo por excelencia, al menos por el momento, resulta lógico encontrar y aplicar estos aspectos a menudo para indagar en problemáticas sociales sobre los cuales existen relatos paralelos y metáforas.

El método de Marcelo Piñeyro y La corporación de Costa Gavras están indudablemente conectadas por un tema sobre el cual la sensibilidad argentina esta familiarizada, pero se trata de un fenómeno a nivel mundial: el desempleo, sus consecuencias y los métodos de selección y reciclado de personal por parte de las multinacionales. Nos encontramos ante dos películas donde se cuenta de manera explicita la problemática, sin ocultar en ningún momento hasta que punto es capaz de rebajarse el alma humana para obtener lo que busca. Los medios del fin se transforman en tramas oscuras donde los personajes de los filmes se van alienando en pos de mantener su subsistencia, seguir en juego. Precisamente, esa insistencia en la temática del juego hasta el absurdo es lo que genera un factor de denuncia de otra naturaleza en las películas de horror.

Desde hace unos años han surgido películas donde las victimas son eliminadas en forma gradual acorde a la capacidad de supervivencia o la habilidad para sortear las trampas de algún psicópata o agrupación militar, siendo casos paradigmáticos las reiteradas versiones de El juego del miedo o El cubo. De hecho, no existen demasiadas diferencias entre la forma en que se dan las ordenes de Jigsaw para con sus victimas, en la medida de la sorpresa y la espontaneidad, con aquellas reglas que “El Método Gronholm” impone para con sus aspirantes al empleo. En ambos casos el fracaso implica una caída al vacío, estar excluido del sistema, la muerte.

Si analizamos la estructura de cada uno de estos films atentamente veremos que, a pesar de las diferencias genéricas, el fracaso a obtener el empleo tiene semejanza con el miedo a morir, y el drama esta tratado con una similitud estructural que inevitablemente nos lleva a elaborar este correlato.

Resulta por demás imprescindible relacionar estas analogías con la imperante presencia en la televisión de los denominados “Reality shows”. En ellos también perdura la tesis de la supervivencia del más fuerte en pos de un objetivo: dinero, salud, pareja, placeres de todos los colores o la fama; con los años el estilo y el formato de los mismos se perfecciono pero están sujetos a la misma vieja cuestión. Estos colosos romanos de la modernidad, donde los gladiadores enfrentan las adversidades para recibir la aceptación o el rechazo del público masivo que llama a un teléfono para brindar su apoyo tienen la agresividad suficiente para generar el temor en los participantes a estar fuera del juego. Así, nos encontramos con otro escenario, un nuevo microcosmo, donde las modalidades de eliminación sistemática y problemas del empleo aparecen bajo la forma de una búsqueda competitiva que tiende a la destrucción.

Lo paradójico es que subyacen las parábolas humanistas de “escalar la montaña” o “afrontar los riesgos” como excusas para alimentar una nueva moral. Se cree que escapa a cualquier corriente política o ideología reflexionar sobre un sistema que inevitablemente conduce a la destrucción y opresión del individuo, creando un ser fragmentario del cual estas expresiones que vemos en las películas son replicas interesantes sobre la disconformidad.

Es menester reflexionar sobre las numerosas facetas que se denuncian a través de los medios o expresiones de cualquier naturaleza. Su manifestación en el inconsciente colectivo a través de diferentes formatos artísticos son prueba del valor del cine como instrumento de denuncia social.


2 comentarios:

Mangosta dijo...

El caso de El método es simbólico... porque Piñeyro, así como sus personajes, también hace todo lo posible para salvar la ropa y contar la historia... lo malo es que nadie lo castiga... ahhh sí, hay una cosa que se llama buen gusto.

saludos mang-hostiles!

AntiSpy dijo...

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